miércoles, 8 de febrero de 2012

                  Renacer (relato) Primera parte
   Todo allí le parecía ajeno, desconocido.  Qué era aquel gigantesco lugar, cómo había llegado, por qué estaba ahí.  Preguntas que requerían un mínimo grado de concentración, o tal vez un soplo de serenidad; dos valores incalculables que hasta ayer eran parte de su día a día. Pero ahora, quién sabe en dónde, con quién o quiénes, la paz se escondía, o simplemente había desaparecido.
Sentía, esto lo angustió profundamente, que su vida, fría, dura, pero con numerosos pasajes de alegría, pertenecía al pasado, a otra existencia. Le habría sido más fácil recordar los pataleos y puñetazos en el vientre materno, que encontrar una respuesta rápida y esclarecedora; a su cada vez más insistente cuestionamiento. 

  "¿Estoy muerto?", se preguntó temeroso mientras probaba sujetarse, para no caer, de la única columna cercana en comparación al resto; todas anchas y  parecidas a martillos de mal gusto. Tenían un color opaco y triste; como de fundido a fuego lento durante años.                                     
  
Su mirada se distrajo con la pregunta machacona,  y fijó la vista a lo lejos, como quien frente a un paisaje paradisíaco, en vez de embriagarse de  naturaleza, privilegia pensamientos banales, propios de un egocentrismo marcado: dificultades, problemas, existencia.  El recorrido inerte de sus ojos tristes, observó llamativamente que en el fondo, bien en el fondo, un muro  blanquecino, de casi cien metros de largo, ardía bajo fuego. Un chisporroteo incesante desatado de momento a otro, hizo que un calor  indescriptible envolviera su cuerpo. Cualquiera hubiera muerto del susto, pero él se mantuvo sereno. Aunque sólo por un rato.

“Muerto no estoy; siento calor, sed. Sigo siendo un mortal, de carne y hueso. Tranquilo…”, se dijo confiado, aunque él se conocía. Sabía que cuando la mente lo resguardaba, pronto lo traicionaría.

“Y si estoy en el infierno, pagando culpas, ofensas. ¡Todo tiene sentido! Encaja a la perfección: el fuego, la oscuridad. No, puede ser: acá no hay personas, no hay nadie. El infierno debe albergar muchísimos hombres y mujeres; es imposible que esté vacío. Aunque… qué infierno sería infierno sin soledad  ¡¡¡¡Dónde estoy!!!!!
                                               
  Esperó a que se tratara de una más de sus recurrentes pesadillas, aunque bien sabía que no lo era.  Las muchas horas de vuelo sobre los vastos terrenos del inconsciente le recordaban que durante el desenlace de un sueño tormentoso, uno no quiere escapar rápido del terror; hay un disfrute macabro, placentero. Siempre, es cierto, semiconsciente de contar con el regreso asegurado a la tibieza de las frazadas.  Cuántas veces había saboreado  peligros y acechanzas de un retorcido resto diurno, por el simple hecho de poseer la llave de la puerta de emergencia. Para casos desesperantes, como soñar con una caída libre, u otra de las posibles muertes violentas.                                                                                                                                        

  El miedo fue creciendo  y creciendo, de la misma forma en que lo hacía el sordo crepitar de unos cuantos ladrillos, que antes de derrumbarse por completo, dejaron ver lo que siempre - o ahora- yacía detrás del muro: un laberinto.                                                                                               

   No era corajudo, mucho menos impulsivo. Armaba su rutina  en torno a sus limitaciones. Tenía miedo de salirse del libreto, pues  nunca lo había hecho. No faltaron oportunidades en su juventud. Todas, menos una, las desaprovechó. El miedo, decía, cumple el rol  de un auténtico guardián. Si uno le teme al cáncer, repetía, come sano, corre, y controla su salud.  Hay menos chances de enfermar.                           


  La chatura de su tesis infantil le adormecía todo tipo de razonamiento centrado, de manera que acorazaba su inseguridad.  La aprendió de memoria en su juventud, no quería olvidar ni la puntuación. Estaba intacta, siempre lista para forcejar con cualquier consejo.
    No podía comprender los cambios bruscos del estilo de vida de una persona. Refunfuñó meses atrás cuando un amigo renunció a un empleo flexible y bien pago, en busca de aventuras, de progreso espiritual. No le molestaba que peligre la economía y el futuro de su compinche. Lamentaba no tener los cojones suficientes para jugarse el pellejo, trazar un antes y un después.  Sin embargo, allí, en ése mundo desconocido,  repleto de recovecos y pasadizos con vaya a saber qué destino, se sintió valient
  El terror desapareció, estaba orgulloso. No quería aminorar la marcha de sus piernas, que  zigzagueaban cada vez más fuerte. Ni él entendía el porqué de esa ansiedad. Nadie garantizaba nada, ni cosas buenas, ni malas. Nada. Sólo aspiraba a llegar de inmediato, sin demoras, a aquel laberinto lúgubre. La intuición, o quizá su flamante valor, le susurraba que era todo o nada, carne o migajas.                                           
Se volvió todo más oscuro, lo que lo hacía infinito, sin escapatoria.  Arriba, bien a lo alto, en el sombrío firmamento, donde un sol agonizaba, sin brillo, se pincelaba un cuadro aterrador.

  En silencio, y a paso lento, dando unos pequeños brincos de la emoción, recorrió el estrecho camino, que milimétricamente bordeaba lo que parecía ser la entrada principal del laberinto. Ya no sentía calor; ni alcanzaba a ver las columnas sin gracia. Había caminado menos de quinientos metros, una distancia ínfima como para perder de vista el punto de partida. Tampoco esto alteró su entusiasmo desenfrenado.     Supuso que sería un espejismo, o una dimensión perdida en espacio y tiempo.
  Incursionó en el pasillo más ancho, más apetecedor, donde relucían una alfombra rojísima, y paredes esmeriladas con piedras preciosas. Creyó ir camino a un palacio, al agasajo personal, y empezó a bailotear como monigote.    
   "¿Qué rayos sucede aquí? --gritó en un tono fanfarrón, como lo haría un adolescente que  parlotea con su propia figura frente a un espejo-- ¿Hay alguien? Lo lograron, ¡estoy acá! Ya no siento miedo, aparezcan. Soy como ustedes, un hombre de paz".
  Esta última palabra desencadenó un ensordecedor murmullo, que abatió de  golpe la animosidad del nuevo visitante. Si habría tenido una, dos, o cinco espadas, se las hubiese ingeniado para desenfundar una a una de un sólo sacudón.
   La alfombra roja se tiño de negra, y las paredes de “jaspe” se quebrantaron en un estallido, haciendo visible cientos – quizá miles- de hileras de firmes garrotes. 
Quieto, enmudecido por el horror, quiso auto convencerse de que no estaba aprisionado; que no eran garrotes, sino vigas; que posiblemente un apagón  le habría modificado la  percepción de la alfombra. 
  En un puñado de segundos --mientras en su interior discurría un análisis poco crítico--, alzó la cabeza y explotó en llanto: miles de humanos como él reían parapetados en los  garrotes; algunos de ellos insultaban,  y otros, pudo escuchar, intercambiaban planes para escapar.        
                                                        Agustín Ríos

martes, 7 de febrero de 2012

Espada de Mujer



  El sueño, difícil de conseguir y de enorme valor en aquel entonces, se deshacía en pocas horas, quién sabe minutos. La pesadilla… continuaba. Así de cruentos arrancaban mis días, en los que  la ansiedad trepaba por mi cuerpo hostigado, cansado,  pero incapaz de rechazar un nuevo recorrido de excesos por la noche porteña.
  Esperaba inquieto, y no un amor, que la luna acabase por engullir los pocos rayos de luz que atravesaban, como un sable afilado, los vidrios rotos de mi habitación.  Quizás, para situarlos mejor, haga falta una comparación literaria: he leído y releído Drácula, de Bram Stoker, y  mi reflexión al finalizar la novela fue tajante. Mi pasado, antes de conocer a ella y su valentía, se asemeja, en gran parte, a la vida del oscuro personaje del escritor irlandés. Solitario y ermitaño como el Conde;  nervioso y amante de la noche, pero lejos de saciar mi sed con un sanguinolento refresco. Lo mío eran las drogas de diseño, en grandes cantidades.
  En ese terremoto de inseguridad, desorden, y de una creciente depresión, apareció ella en mi vida, sin saber que pronto debería apagar un incendio en masa. El amor y la atracción se trenzaron a nuestro derredor en una mesa de café, consiguiendo así que un pordiosero besara y  conquistase a una mujer herida. Examinamos el pasado – no le dimos importancia- y nos propusimos gozar del presente, dejando que el destino esculpiera a su forma el futuro.  
  De comienzo todo fue genial, como dicen, por el buen camino: logró convencerme de que mi vida era un mar de problemas y, en pocos días, empecé la desintoxicación. Pude, tras largos años, disfrutar de sordas risas, cenas del corazón, y mucho más del caramelo que decora la llegada del amor. Pero ella, tampoco yo, contamos con el fuerte coletazo de la abstinencia.  
  Al tiempo de una relación normal, feliz, las aristas de la abstinencia irrumpieron en cuerpo y mente: delirio místico y otros pensamientos esquizoides – no crónicos-  quisieron resquebrajar nuestra relación. Sin darle uso a la dolorosa palabra “separación”, desenfundó   la filosa espada, esa que bien saben  portar las grandes mujeres, y luchó sin coraza contra voces reconocidas de la medicina. Se rehusó a imaginarme, de por vida, ingiriendo  altas dosis de Risperidona. Tampoco creyó que debería escuchar por un largo tiempo más mis miedos paranoicos, acerca de avernos y demonios.  
  A corazón abierto, también partido, se limitó a creer en la fe y en el poder del incomparable amor que alberga una mujer. Ese amor que todos buscamos y que, al conseguir, a veces olvidamos valorar. Hoy, en pareja y con hijos; sano y en mis cabales por su garra, doy gracias. Gracias, mujer. 

jueves, 20 de octubre de 2011

Identidad de Prócer



  Mucho y poco se sabe de Juan Manuel de Rosas. Una bandera para algunos, un personaje nefasto para otros. Como sea, hay un punto irrefutable: la figura de este caudillo del Partido Federal, que gobernó la provincia de Buenos Aires por más de 20 años en dos períodos (1829-1832 y 1835-1852), no deja de arrojar matices, curiosidades.
 Un importante fisgoneo de los tantos — quién sabe el primero —, se registra en su adolescencia. ¿Una pista? El hombre que hipnotiza con la mirada en el billete de 20 pesos no es Juan Manuel de Rosas. Bueno…. es pero no tanto. Su verdadero nombre era Juan Manuel Ortiz de Rozas (con “zeta”). Y llevó esa identidad en la libreta hasta que se desencadenó una fuerte pelea con su madre, Agustina López de Osornio.
 Todo empezó con un severo castigo —solían ser recurrentes en la estancia familiar El Rincón de López— porque Rosas no quiso arrodillarse ante su patrón. Cuentan los historiadores que su madre lo encerró desnudo en una habitación, a pan y agua, para darle un escarmiento. No tuvo efecto. El adolescente en penitencia logró forzar la cerradura y escapó para no volver.
 El caudillo, el restaurador, el gobernador, corrió desnudo por los vastos terrenos de la provincia de Buenos Aires. Y para dejar bien en claro que su vida volvía a foja cero, dejó en la pieza un manuscrito que decía: “Me voy sin llevar nada de lo que es mío”. Fue a partir de allí que suprimió el Ortiz y cambió la “zeta” por una “ese”.


                                                             Agustín Ríos

sábado, 15 de octubre de 2011

De la derrota una victoria


  Rodrigo -- mi gran amigo y compinche desde mucho antes que el DVD ganara el duelo con el VHS-- no quiere perder a nada, ni con nadie. Así sea en un certamen de yo-yo con chicos de 10 años, o en una carrera profesional de atletismo, el Gordo (seudónimo familiar) siempre quiere ganar, alzar la copa, salir primero. Si tendría que describir a este joven de pelo al ras y fisonomía semejante a la de Johnny Bravo, necesitaría del mismo tiempo que precisó el aventurero británico para recorrer el Amazonas.

  Todo terreno

  Entre fasos que van de mano en mano, con Rodrigo muchas veces comentamos que la mujer anhela salir con un hombre habilidoso. En otras palabras: tener a ése que sin transpirar el overol arregla el calefón, destapa la pileta o pinta las paredes con desparpajo. Nosotros, autodenominados niños de departamento, vivimos ajenos al mundo todo terreno. Más aún: ¡con suerte cambiamos una lamparita!

  El pseudo electricista


  “Se rompieron las tapitas del encendido de las luces, amor”, retumbó en el living que Rodrigo y su novia, Luisina, compartieron por un tiempo. Para el Gordo, que despreocupado fritaba cebollita de verdeo, las palabras de Luisina sonaron desafiantes, en cierto modo probatorias.
Era la posibilidad ideal: podría demostrar que nosotros – los niños de departamento- podemos ser hombres hábiles y portar con orgullo el mote de macho alfa. Contuvo el aire para engravecer su voz y  lanzó confiado como chino ascendente en dragón: “Yo lo arreglo sin despeinarme”.
Con menos conocimientos técnicos que el hombre primitivo, puso manos a la obra y dio rienda suelta a su imaginación. Los minutos pasaban y…. ¡nada!
Excusas como “los cables están muy viejos” o “necesito herramientas”, se repetían una y otra vez, aunque de poco valieron porque Luisina ya había aceptado que Rodrigo jamás lograría arreglar el imperfecto técnico.

  El electricista

  “No pienso, ni voy a perder”, remachaba su inconsciente --a prueba de balas-- en los días posteriores a la derrota. Las condiciones, para el bien de su nombre y honor, se volvían favorables: las tapitas seguían inutilizables y Luisina comía con su familia en la provincia de Entre Ríos.
Pensante y a cientos de revoluciones, recordó la existencia de un electricista amigo y, sin titubeos, lo citó para esa misma noche. El trabajo quedó impecable. En segundos, el electricista había enmendado el orgullo de Rodrigo. Tapetes de primer nivel, y funcionamiento inmejorable. No hay pruebas, no hay delito.
Ahora podía decirle a Luisina que sus manos, y su destreza implacable, habían logrado vencer el sistema eléctrico. ¿Qué pasó con su novia? Contenta que Rodrigo, el Gordo, no es un hombre más, es... ¡un hombre habilidoso!

Dedicado a mi mejor amigo, el porteño de congreso más chanta de Buenos Aires.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Trauma Pisciano


   El siglo XIX fue testigo de numerosos acontecimientos. Podríamos decir que aún está fresco, es palpable, tiene mística. Historiadores y sociólogos coinciden en que el siglo de la transformación, es una pieza clave para el análisis y entendimiento de la historia contemporánea.
                         
                        Año 1825   

   En Uruguay y Bolivia se daba una transformación política-social: ambos países declaraban la independencia de Brasil y España respectivamente. En Europa, además de darse importantes avances y retrocesos de tipo político, el campo científico comenzaba un largo proceso de innovación. Precisamente en Francia, poco tiempo después de la batalla de Waterloo (1815), nacía el neurólogo Jean Martin Charcot, quien dejaría su huella imborrable en la ciencia moderna.
 Este profesor de anatomía patológica, dedicado de lleno al estudio y análisis del sistema nervioso, incursionó en un terreno desconocido para el siglo XIX: el trauma piscológico.
Si uno se toma unos minutos para releer el concepto revolucionario Condition Second -- más tarde renombrado como Inconsciente por psicólogos destacados-- puede descubrir que por una u otra razón, todos alguna vez atravesaron un stress traumático.
¿Cuál es mi trauma? El de cualquier joven de entre 20 y 27 años, con ascendencia en piscis y aficionado de la saga japonesa Los Caballeros del Zodiaco.
                                                         
                                                          Agustín Ríos

martes, 11 de octubre de 2011

Entrevista Zoológica (Oso Polar)

¿Cómo te trata la vida en Argentina?

Estoy podrido de vivir en Baires. La gente se piensa que por dormir 17 horas diarias la paso genial. Para vivir así prefiero ir a parar al placard de la Legrand en forma de tapado.

¿Qué te gustaría para un futuro?

A veces sueño con trabajar para Coca-Cola. Sería una buena estrategia: primero me tomo una de esas botellitas en un estudio de TV, en Estados Unidos, y después, si tengo suerte, me rescatan los boludos de Green Peace. Disculpen si estoy hablando boludeces, pero pasar de Alaska a Plaza Italia vuelve loco a cualquiera.

¿Alguna crítica para el zoo?

Sí, el cartel de mi jaula dice que mi hábitat requiere de bajas temperaturas. Pero parece que ningún poronga del zoo sabe leer porque ya me banqué más de 10 alertas naranjas, amarillas y toda esa mierda que dicen los noticieros.

¿Hay un día que recuerdes más que otro?

Un día mi "cuidadora" me dijo: "Disfruta de tu enorme pileta, Osito". Casi la mato: la cara dura no se dio cuenta que es la pelo-pincho del enano Nelson, que visitaba el living de Susana Giménez. Para colmo, los guías les dicen a los chicos que el agua está fría. ¡¡¡No les crean nunca!!! Son los mismos que cuando necesitan agua para el mate se vienen con los termos para mi "pileta".

¿De qué hablas con los otros animales?

Ahora está corriendo un rumor de que se abrió un penal moderno en Escobar. Si no me equivoco se llama Temaiken. Estoy ansioso por el traslado.

¿Y si no pasa?

Mirá, mufa. Si no pasa no me queda otra que esperar que Nicole Neumann (modelo y protectora de los animales) se interese por los osos o que resucite Michael Jackson.

¿Con los chicos cómo te llevás?

No los puede ver. Si hasta ahora no salí en los medios es porque un resistente acrílico nos divide, sino ya me hubiera morfado cuatro pebetes. Ojo, que no se mal interprete: no soy el padre Grassi.



                                                     Agustín Ríos

"Tiempos eran los de antes"


    "Tiempos eran los de antes, pibe", me dijo un taxista de no más de 60 años, mientras me llevaba a un bar rockero en Palermo Bronx (era Almagro, pero con el modismo porteño de revalorizar la zona, hasta Lugano forma parte de Palermo). Las palabras de este taxista que no sintoniza radio 10, me dejaron pensando un largo rato: se me vinieron a la mente las películas nefastas de Moria Casán, el sonido - o chasquido- perturbador del cassette y me dije a mi mismo: "Tiempos son los de ahora".
 Así y todo, el tema siguió repicando en mi cabeza, un poco convulsionada por media decena de cervezas. Como faltaba bastante para llegar al Bronx, a ese Bronx porteño donde los pocos negros que hay venden relojes y cadenas en paraguas de terciopelo, creí recibirme de periodista por anticipado y pregunté el porqué de esa retórica. José Pellerano (lo leí en la credencial amarilla que hacía juego con el perro de cabeza temblorosa) me explicó que cuando él era joven, además de existir los dinosaurios, era más fácil conseguir trabajo. "Antes si tenías ganas y compromiso te daban el laburo", sentenció.
 En el aire quedó un bache de silencio. “¡Tiene razón!” me dije entristecido. Lo que empezó con una frase trillada ahora se volvía un tema complejo: la desocupación entre los jóvenes. Mi odio creció contra la varita prejuiciosa de los Recursos Humanos, esa moderna raza con aliento a Estados Unidos.
 ¿Por qué dejamos que estos catadores de la imagen nos quiten la posibilidad de ejercer o trabajar? Basta con meterse en la página de oferta laboral Zona Jobs, y encontrarse con exigencias de estudio terciario para el puesto de lava platos; o test de Royal y esas manchitas botonas para limpiar el piso en DOT Shopping.
 Si en estos tiempos, millones de jóvenes con ganas de trabajar no pueden conseguir empleo por portación de rostro o nacionalidad, ¿por qué todavía hay gente que se queja de los subsidios?
                                                                    
                                                               Agustín Ríos